Lo que debes saber
- Vecinos de Matanzas denuncian robos de teléfonos, relojes y bolsos en la Plaza de la Vigía, con huida de los asaltantes hacia La Marina o Versalles.
- Un estudiante de preuniversitario relató que le arrebataron el teléfono frente a la cafetería del Sauto y que nadie acudió a auxiliarlo.
- Una joven de 24 años contó que al resistirse al robo de su reloj recibió un empujón y se golpeó con un raíl del tranvía.
- Los vecinos aseguran que las patrullas policiales se ven principalmente durante actos oficiales y que los ladrones se sienten impunes.
- El reportaje describe la plaza como un espacio que ha dejado de ser lugar de encuentro para convertirse en territorio del que conviene escapar.
La Plaza de la Vigía, el corazón histórico de Matanzas, entre el Teatro Sauto y el antiguo Palacio de Justicia, se ha convertido para muchos matanceros en un lugar del que conviene alejarse. Según un reportaje de 14ymedio basado en testimonios de vecinos, los asaltantes aprovechan la escasa circulación de personas para arrebatar teléfonos, relojes y bolsos, y huyen después hacia La Marina o Versalles.
El texto describe una geografía del miedo que abarca los portales de Ediciones Vigía, los bancos cercanos al puente de Tirry y las esquinas que conducen hacia la calle Milanés. La soledad, señala, es aliada de los delincuentes: donde antes coincidían estudiantes, jubilados, parejas y visitantes, ahora muchos prefieren pasar de largo. Algunos buscan refugio en las escalinatas del antiguo Palacio de Justicia para consultar el móvil; otros apresuran el paso frente a la sede de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas, vigilando de reojo lo que ocurre a su alrededor.
El reportaje recoge el testimonio de Luis Ernesto, estudiante de preuniversitario, a quien le arrebataron el teléfono prácticamente frente a la cafetería del Sauto. «Lo único que sentí fue una mano que me quitó el teléfono con tanta rapidez, que cuando vine a reaccionar ya el ladrón iba llegando al semáforo del Viaducto», cuenta. «Nadie vino a auxiliarme. No había choferes en la piquera de máquinas por el costado del teatro. En ese momento gritar era en vano, porque no había nadie cerca para pedirle ayuda», lamenta.
Yoana, de 24 años, relata el empujón que recibió cuando intentó impedir que le arrebataran el reloj. «Yo no le pude ver la cara a ese desgraciado. Cuando intenté resistirme, me dio un empujón tan fuerte que caí al suelo. Para amortiguar la caída puse las manos y me golpeé con uno de los raíles por donde pasaba el tranvía», dice. La joven caminaba sola y apenas circulaban algunos triciclos por las inmediaciones. Más que el golpe, según el texto, lo que más lamenta es «la pérdida del reloj, un recuerdo de mi abuela que no voy a recuperar».
Los vecinos aseguran que las patrullas policiales se dejan ver principalmente cuando hay actos oficiales o actividades organizadas por las autoridades, y que ni siquiera la presencia del cuartel de bomberos parece disuadir a los ladrones. Un anciano que recoge latas de cerveza y refrescos para venderlas como materia prima presenció cómo un hombre alto le arrebataba el bolso a una mujer. «Por suerte para él ya estoy viejo y las piernas no me respondieron para caerle detrás», comenta. Se ofreció como testigo, pero la víctima rechazó denunciar. «Me dijo que al final no cogen a nadie y, por desgracia, tiene razón. Los ladrones se sienten impunes», asegura.
El texto sitúa también la pérdida en el plano cultural y cotidiano. El anciano recuerda cuando la plaza era punto de encuentro y en los portales se compartía una jarra de cerveza fría. Frente a la Galería de Arte «Pedro Esquerré», donde antes los jóvenes aprovechaban la conexión wifi para descargar videos o comunicarse con familiares, también se ha instalado la cautela; una muchacha confiesa que solamente se conecta cuando la acompaña su novio. En medio de la plaza, el monumento al Mambí Desconocido permanece como testigo mudo, mientras los balcones del Sauto siguen luciendo sus barandas elegantes, las fachadas conservan sus colores y los adoquines resisten el paso del tiempo.
El reportaje concluye que algo esencial se ha perdido: la Plaza de la Vigía ha dejado de ser un lugar para encontrarse y se ha convertido en un territorio del que conviene escapar. La evidencia disponible no incluye datos oficiales, cifras de denuncias ni declaraciones institucionales que permitan contrastar las afirmaciones de los vecinos, por lo que estas se presentan como lo que son: testimonios y percepciones recogidos por el medio, no hechos verificados de forma independiente.












