Lo que debes saber
- Cuba ha paralizado definitivamente su último ingenio azucarero en funcionamiento debido a una aguda escasez de combustible, terminando prematuramente la zafra.
- El país, que fue el mayor exportador mundial de azúcar, ahora debe importarlo para cubrir su demanda interna de unas 250.000 toneladas anuales.
- El colapso de la industria azucarera es un síntoma de una crisis económica más amplia, reflejada también en problemas como la quema indiscriminada de basura en la capital.
La zafra azucarera de Cuba ha llegado a su fin de manera prematura y silenciosa este febrero, con el cierre definitivo del último ingenio en funcionamiento, 'Melanio Hernández', en la provincia de Sancti Spíritus. La paralización, impulsada por la severa escasez de combustible, confirma el colapso de una cosecha que ya se anticipaba desastrosa debido al pésimo estado de las plantaciones, la falta de recursos y la carencia de mano de obra calificada. Ni siquiera se esperaba alcanzar la meta de cubrir la demanda nacional estimada en 250.000 toneladas anuales, lo que obliga al país a depender de las importaciones para un producto que fue su emblema económico. Esta situación deja a pueblos azucareros enteros sumidos en una 'tiempo muerto' prolongado y sin perspectivas de reactivación.
Este declive marca el punto más bajo en una caída libre que ha visto a Cuba pasar de ser el principal exportador mundial de azúcar a un importador neto, un símbolo potente de la profunda crisis económica que atraviesa la nación. La industria, que antaño definía la identidad y la economía de la isla, lleva décadas en desintegración, acentuada por el embargo estadounidense, la pérdida de mercados clave y una gestión interna ineficiente. El colapso azucarero se enmarca dentro de un escenario nacional más amplio de deterioro, evidenciado por problemas como la quema indiscriminada de basura en La Habana, cuyos humos tóxicos afectan la salud pública ante la falta de soluciones de recolección.
Las implicaciones son graves, ya que se pierde una fuente crucial de empleo en zonas rurales y se profundiza la dependencia alimentaria externa. Para trabajadores como Juan Miguel, un operador de 67 años, una zafra corta era preferible a ninguna, pues el 'tiempo muerto' condena a las comunidades a la inactividad y la desesperanza. El fin de la zafra no es un hecho aislado, sino un síntoma de una crisis multisistémica que abarca desde la producción hasta la salud pública, exigiendo soluciones integrales que, por el momento, parecen inalcanzables.












